Conferencia dada por el Maestro de la Orden, a la Asamblea de Superiores Mayores, durante su visita a los Estados Unidos en agosto de1996.

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Recuerdo que, hace muchos años, me dirigía a mi primera reunión de la Conferencia de Superiores Mayores de Inglaterra y Gales. Nervioso, me puse el hábito y bajé al encuentro de la gente. En la escalera me detuvo una hermana furiosa, a la que nunca había visto antes. Me miró con desprecio y dijo: “¡Debe sentirse muy inseguro si necesita ponerse esa cosa!”.

 

¿Dónde han ido a parar las vocaciones?

 

Durante bastante tiempo los religiosos hemos estado preocupados por nuestra identidad. ¿Quiénes somos? ¿Cómo debemos encajar en el tejido y en la estructura de la Iglesia? ¿Somos clérigos, laicos o alguna especie híbrida particular? Creo que ninguna respuesta nos servirá de ayuda a menos que partamos del hecho de que compartimos una crisis de identidad con otra mucha gente de nuestro tiempo. ¿Qué nos hace especiales? Ciertamente no el hecho de tener una crisis de identidad. Esta es una parte del lote común que compartimos con otros. Sólo vale la pena que reflexionemos sobre ella si nos ayuda a vivir la Buena Nueva para todas esas otras pobres almas que están obsesionadas por la misma pregunta:

 

“¿Quién soy yo?”

 

Por favor, perdonen si comparto con ustedes algunas simples observaciones sobre por qué esta cuestión de la identidad es una obsesión de la modernidad. Hemos visto una profunda transformación social durante este siglo, y especialmente desde 1945. En Europa, y supongo que también en Estados Unidos, hemos asistido al debilitamiento de toda clase de instituciones que daban una identidad, que definían una profesión, un papel, una vocación. Las universidades, las profesiones médicas y jurídicas, los sindicatos, las iglesias, la prensa, diversos oficios… todas esas instituciones ofrecían a la gente no sólo la manera de ganarse la vida, sino un camino para ser persona, un sentido de vocación. Ser músico, abogado, maestro, enfermera, carpintero, fontanero, granjero, sacerdote, etc., no sólo significaba tener un trabajo, era ser alguien; se pertenecía a un cuerpo de gente con una serie de costumbres que definían la conducta adecuada, que compartían una sabiduría, una historia y una solidaridad.

 

Lo que hemos visto en los últimos años es el corrosivo efecto de un nuevo y más simple modelo de sociedad, según el cual nos hemos encontrado todos a nosotros mismos siendo miembros de mercado global, comprando y vendiendo, siendo comprados y vendidos. Las instituciones básicas de la sociedad civil que fundamentaban las profesiones y vocaciones han perdido mucho de su autoridad e independencia. Como todo lo demás, deben someterse a las leyes del mercado. En Inglaterra, incluso los equipos de fútbol existen ahora menos para jugar al fútbol que para obtener beneficios.

 

Se hizo cada vez menos evidente poder elegir qué hacer con la propia vida. Había que seguir las leyes de la oferta y la demanda. No es que los religiosos hubiéramos perdido el sentido de la vocación, es que la mera idea de vocación se hizo problemática. Nicholas Boyle, un filósofo inglés, escribió: “Ya no hay más vocaciones para nadie; la sociedad no está compuesta de personas que consagran su vida en tal o en cual dirección particular, sino de funciones que deben ser desempeñadas sólo mientras exista el deseo de que sean cubiertas”. Todas estas profesiones, empleos y especialidades eran como pequeños ecosistemas que ofrecían diferentes modos de ser seres humanos. Se han debilitado y desmoronado, como los frágiles hábitats de los escasos sapos o caracoles. La sociedad se está homogeneizando. Todo lo que queda es el individuo y el estado, o quizás el consumidor y el mercado. Mucho más simple, pero más solitario y vulnerable.

Sospecho que en la Iglesia hemos sufrido el soplo de ese mismo viento frío, que nos dejó siendo una comunidad más simple y menos confiada. Porque la Iglesia forma parte también de la sociedad civil. Hemos sido una sociedad compleja, con todo tipo de instituciones que nos daban una identidad: también nosotros teníamos universidades, hospitales, escuelas, profesiones y, sobre todo, órdenes religiosas, que ofrecían a la gente vocaciones, identidades que eran apoyadas, respetadas y honradas.

 

La Iglesia tenía toda clase de jerarquías y estructuras que se equilibraban mutuamente. ¡Ser Madre Superiora o Directora Católica significaba ser alguien importante! Los sacerdotes temblaban cuando tocaban el timbre de la puerta. Pero de algún modo nuestra Iglesia ha sufrido una transformación similar a la del resto de la sociedad. Y lo que queda de nosotros ya no es el consumidor individual y el Estado o el Mercado, sino el creyente individual y la Jerarquía. Hemos perdido confianza en las otras identidades. Y quizás sea esta una razón por la que la cuestión del sacerdocio, y del que aspira a serlo, es un tema candente para nosotros. Porque, si no tienes un pie en esta escalera, no puedes llegar a ser alguien que realmente cuente.

 

¿Quiénes somos nosotros, los religiosos? ¿Cómo encajar en el tejido y la estructura de la Iglesia? A menudo intentamos responder situándonos nosotros mismos como jerarquía. ¿Somos laicos, o clérigos, o algo a mitad de camino entre los dos? O podemos responder situándonos en contra de la jerarquía, como profetas que sacuden los puños contra la Iglesia Institucional. Pero este es un mapa equivocado. Es como si alguien buscara las Montañas Rocosas en un mapa que presentara las fronteras de los Estados de América. ¿Están en Colorado o en Wyoming? ¿Por qué no podemos ver las montañas?

 

El mapa de la Iglesia que representa a la jerarquía es bueno y válido. Todos estamos en él de un modo u otro. Algunos religiosos somos laicos, otros sacerdotes, y algunos incluso obispos. Pero no podemos usarlo para localizar la vida religiosa. No nos muestra quiénes somos, lo mismo que las Rocosas no figuran en un mapa que sólo tiene los límites de los estados. Y ni siquiera puedes tener indicios de dónde están. Donde no hay ciudades, podría haber algunas montañas. Pero necesitas otra clase de mapa si quieres verlas claramente.

 

La gente se queja a menudo de la clericalización de la Iglesia. Resulta paradójico que en el Concilio Vaticano II proclamáramos una nueva teología de la Iglesia, descubriéramos una teología del laicado, fuéramos todos parte del Pueblo de Dios peregrinando hacia el Reino. Pero de hecho parece que la Iglesia se ha vuelto incluso más clerical. En lugar de atribuir esto a un siniestro complot, yo creo que debemos considerarlo en el contexto de la profunda transformación de la cultura occidental. En el mundo del mercado global no hay lugar para que la gente tenga vocaciones, bien sea de maestros, de enfermeras o de religiosos. Un trabajo es simplemente la respuesta a una demanda. Y así, cuando la Iglesia Católica entró en el mundo moderno con una explosión, cuando el Papa Juan XXIII abrió las ventanas, un viento frío aventó también dentro de la Iglesia todas las demás frágiles identidades vocacionales. Frente a la clericalización de la Iglesia, por supuesto que hay que dar pasos para abrir posiciones de influencia a los laicos y a las mujeres, a fin de que cese la dominación de la clase clerical. Pero ese es tema para otra conferencia. Lo que yo estoy diciendo aquí es que sería un error pensar que la respuesta a nuestra crisis de identidad es abolir toda jerarquía y caminar hacia una Iglesia que se parezca más a nuestra sociedad liberal e individualista. Esto no nos daría lo que queremos. Lo que podemos ver en nuestra propia sociedad, en las calles de nuestras grandes urbes desiertas, es que el individualismo es cruel. Crea desiertos urbanos en los cuales pocas personas pueden florecer realmente. Mary Douglas, una antropóloga, sostiene que a las mujeres, por ejemplo, les iría todavía peor en una sociedad más individualista. Escribió que “los procesos de individualismo degradan a los fracasados económicamente, y sólo puede crear abandonados y mendigos. Los miembros de una cultura individualista no son conscientes de su conducta excluyente. La condición de los excluidos de manera no intencional, por ejemplo los mendigos durmiendo en las calles, sorprende a los visitantes de otras culturas”.

 

Según Mary Douglas, una sociedad sana es la que tiene todo tipo de estructuras que se contrarrestan y de instituciones que dan voz y autoridad a los diferentes grupos, de modo que no haya una clase de seres humanos que domine ni un único mapa que te diga cómo están las cosas. Quizás lo que necesitamos no es reproducir el desierto homogéneo del mundo consumista, sino más bien parecernos a un bosque forestal que tiene toda clase de nichos ecológicos para las diferentes posibilidades de vida humana. En ese sentido, no necesitamos menos jerarquía, sino más. Necesitamos cantidad de instituciones y estructuras que reconozcan y den la palabra y la autoridad a toda esta diversidad de modos de ser miembros del pueblo de Dios, tanto mujeres como parejas casadas, académicos, doctores y órdenes religiosas. En la Edad Media más bien era así. El emperador y la nobleza, las grandes abadías de hombres y mujeres, las universidades y las órdenes religiosas… todos ofrecían focos alternativos de poder e identidad. Teníamos muchos más mapas con los que las personas podían encontrarse a sí mismas.

 

Leí una vez en el Cardenal Newman, y después no he podido nunca encontrar dónde, que la Iglesia florece cuando reconocemos las diferentes formas de autoridad. Él nombra específicamente la tradición, la razón y la experiencia. Cada una pide respeto y necesita instituciones y estructuras que la sustenten. La tradición está salvaguardada por los obispos, la razón por las universidades y centros de estudio, y la experiencia por toda clase de instituciones, desde las órdenes religiosas hasta la vida de matrimonio, allí donde la gente escucha la Palabra y reflexiona sobre ella en su propia vida. Lo que necesitamos no es el individualismo del moderno desierto urbano, sino algo más parecido a un bosque húmedo, con toda clase de nichos ecológicos para animales diversos que puedan crecer y multiplicarse y alabar a Dios con mil voces diferentes.

 

¿Quiénes somos nosotros los religiosos, y cuál es nuestra vocación en la Iglesia? La respuesta a esta cuestión importa, pero no precisamente porque pueda darnos confianza para ir tirando e incluso para atraer nuevas vocaciones. Es importante porque para responderla tenemos que reflexionar sobre esa crisis de identidad que aflige a mucha gente hoy; nadie ha sido creado por Dios para ser un consumidor o un trabajador, para ser vendido y comprado en la plaza del mercado como un esclavo. Si podemos recuperar la confianza en nuestra vocación, seremos capaces de mostrar algo de la vocación humana. La salida que encontremos atañe al significado mismo del ser humano.

 

La identidad como vocación

 

Leí el otro día que un niño americano de trece años llamado Jimmy tuvo problemas porque él y su familia insistían en su derecho de llevar un pendiente en la escuela. Se fundaban en que “Cada persona tiene derecho a escoger quién es”. Desde luego, en cierto sentido uno se inclina a aplaudir a Jimmy. No le falta razón. Corresponde al hecho de ser alguien, de tener una identidad, el poder hacer opciones significativas y decir: “éste soy yo. Yo quiero llevar esos pendientes”. Pero no se puede escoger en absoluto el ser alguien. Si yo decidiera ponerme pendientes, ropa de cuero y circular por Roma en moto, supongo que mis hermanos me pondrían objeciones y me dirían: “Timothy, ése no eres tú”. ¡Al menos espero que lo hicieran! Yo no puedo decidir ser un punk, lo mismo que no puedo decidir ser Tomás de Aquino.

 

Ser alguien es ser capaz de tomar decisiones significativas sobre su propia vida, pero de algún modo esas decisiones deben estar relacionadas, componer una historia. Se tiene una identidad porque las opciones que uno hace a lo largo de su vida tienen una dirección, una unidad narrativa. Lo que hago hoy debe tener sentido a la luz de lo que hice antes. Mi vida sigue un patrón, como una buena historia. Una de las razones por las que las profesiones y los empleos eran tan importantes para la identidad humana es que daban una estructura a los amplios fragmentos de la vida de una persona. Un músico o un abogado o un carpintero no es precisamente algo que uno hace, es una vida, desde la juventud hasta la vejez, en el descanso y en el trabajo, en la enfermedad y en la salud.

 

Pero nuestra vocación de religiosos nos lleva a iluminar la más profunda estructura narrativa de toda vida humana. Durante mis primeras clases como novicio, el maestro de novicios dibujó un gran círculo en la pizarra y nos dijo: “Bien, chicos, ésta es toda la teología que necesitáis conocer. Todo viene de Dios y todo va a Dios”. ¡Resulta que la cosa era un poco más compleja que eso! Pero la pretensión de nuestra fe es que toda vida humana es una respuesta a la invitación de Dios a compartir la vida de la Trinidad. Esta es la narrativa profunda en toda vida humana. Descubro quién soy al responder a esta llamada. Lo que le dijo a Isaías me lo dice a mí: “El Señor me llamó antes de nacer, desde el seno de mi madre él me nombró”. Un nombre no es una etiqueta útil, sino una invitación. Ser alguien no consiste en escoger una identidad en la estantería del supermercado (ángel del infierno, estrella pop, franciscano); consiste en responder al que me convoca para toda mi vida: “Samuel, Samuel”, llama la voz en la noche. Y él responde: “Habla, Señor, que tu siervo escucha”.

 

Jimmy – espero que lleve ahora sus pendientes- tiene razón en parte. La identidad tiene que ver con tomar opciones. Pero no se trata precisamente de escoger quién quieres ser, como uno escoge el color de sus calcetines; la opción consiste en responder a esa voz que le convoca a uno para toda la vida. La identidad es un don, y la historia de mi vida está hecha de todas esas opciones para aceptar o rechazar ese don.

 

Pablo escribe a los Corintios: “Es Dios quien os ha llamado a compartir la vida de su Hijo, Jesucristo nuestro Señor, y Dios es fiel” (1 Cor 1,9). Lo que quiero sugeriros esta mañana es que la vida religiosa es una manera particular y radical de decir “Sí” a esa llamada. De un modo puro y simple, allana el terreno de toda vida humana, que es una respuesta a una invitación. Con nuestro extraño modo de vivir, hacemos explícito el drama de toda búsqueda humana de identidad, pues todo ser humano intenta captar el eco de la voz de Dios que le llama por su nombre. Otras vocaciones cristianas, como el matrimonio, también hacen lo mismo, pero de manera diferente, como indicaré más abajo.

 

Dejándolo todo

 

Cuando los religiosos discutimos sobre nuestra vocación, pueden estar bien seguros de que antes de mucho rato aparecerá la palabra “profético”. Y esto se comprende. Nuestros votos están tan directamente en contradicción con los valores de nuestra sociedad que tiene sentido hablar de ellos como profecías del Reino. La Exhortación Apostólica Vita Consecrata utiliza el término. Me encanta que otros utilicen la palabra al hablar de nosotros, pero acepto de mala gana que nos la apropiemos nosotros mismos. Podría representar una insinuación de arrogancia: “Nosotros somos los profetas”. A menudo no lo somos. Y sospecho que los auténticos profetas dudarían a la hora de pedir para ellos ese título. Como Amós, ellos tienden a rechazar tal denominación y a decir: “Yo no soy ni profeta ni hijo de profeta”. Prefiero pensar que nosotros somos aquellos que dejan atrás los signos habituales de identidad.

 

El joven rico pregunta a Jesús: “¿Qué me falta por hacer?”. “Jesús le dijo: Si quieres ser perfecto, ve, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres, así tendrás un tesoro en los cielos; luego ven y sígueme. Cuando el joven oyó esto, se marchó con el corazón triste, porque era un hombre muy rico” (Mt 19, 20-22).

 

En primer lugar, nuestra vocación muestra algo acerca de la vocación humana por aquello que dejamos atrás. Renunciamos a muchas de las cosas que dan identidad a los seres humanos en nuestro mundo: dinero, situación, pareja, una carrera. En una sociedad en la que la identidad es ya tan frágil, tan insegura, nosotros renunciamos a esa serie de cosas que las personas buscan para tener seguridad, los apoyos de nuestra poco segura percepción de quiénes somos. Incesantemente repetimos la pregunta: ¿Quiénes somos? Pero nosotros somos aquellos que renuncian a los signos habituales de identidad. ¡Eso es lo que somos! ¡No es sorprendente que tengamos problemas!

 

Hacemos eso para aportar luz a la verdadera identidad de todo ser humano. En primer lugar, mostramos que la identidad de cada persona es un don. Ninguna identidad autocreada es adecuada para responder a quiénes somos. Todas las pequeñas identidades que podemos construirnos con esfuerzo en esta sociedad son demasiado pequeñas. Y en segundo lugar, mostramos que la identidad humana no se nos da ahora. Es la historia completa de nuestras vidas, desde el principio hasta el final y más allá, la que nos enseña quiénes somos.

 

San Juan escribe: “Queridos, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que seremos. Pero sabemos que cuando Cristo se manifieste, seremos como él, porque le veremos tal como es” (1 Jn 3,2). Echar abajo los puntales es un signo de que toda identidad humana es una sorpresa, un don y una aventura.

 

Permitidme ilustrar esto con algunos ejemplos. No se trata, por supuesto, de hacer una teología de los votos, sino de algunas sugerencias sobre cómo los votos tienen que ver con la cuestión de la identidad humana.

 

Obediencia

 

En la Orden Dominicana, cuando haces la profesión, pones las manos en las manos de tu superior y le prometes obediencia. Supongo que en todas nuestras congregaciones, de un modo u otro, es un momento duro y decisivo cuando te pones en las manos de tus hermanos y hermanas y dices: “Aquí estoy; enviadme donde queráis”.

 

Erik Erikson definía el sentido de la identidad como “un sentimiento de estar en casa en su propio cuerpo, una sensación de saber a dónde vamos, y un reconocimiento interior anticipado de aquellos que cuentan”. Bien, la obediencia erradica limpiamente esa sensación de saber a dónde vas. Se nos da la gloriosa libertad de no saber a dónde nos dirigen. El religioso es una persona que ha sido liberada de la carga de tener una carrera.

 

Una carrera es, para los humanos, una de las maneras de contar la larga historia de su vida, y mostrar de un vistazo quiénes son. Una carrera, para quienes son lo suficientemente afortunados de tenerla, ofrece una secuencia, una estructura para las etapas de la vida de una persona, cómo van subiendo la escalera, tanto en la universidad como en el ejército o en la banca. Nosotros no tenemos eso. Es cierto que muchas veces debemos ser elegidos para un cargo, pero no subimos la escalera. Cuando yo hice mi profesión, el 29 de septiembre de 1966, mi carrera terminó. Yo soy, y sólo puedo ser, un fraile. Creo que existe un documento oficial en Francia que incluye en la lista de los “sin profesión” a los curas y las prostitutas. Recuerdo que, como capellán universitario, mi papel consistía en ser la única persona en el campus sin ningún papel, que “merodeaba con fines criminales”, como dice la policía inglesa cuando arrestan a tipos sospechosos.

 

Y no sólo estamos a disposición de nuestros hermanos y hermanas para ir a donde seamos enviados; somos obedientes a las voces de quienes nos llaman de diferentes maneras. Recuerdo a un dominico francés que vino a Oxford para aprender bengalí. Había sido sacerdote obrero durante dieciséis años, construyendo coches para la Citröen, o más bien liderando huelgas y asegurándose de que los coches no fueran construidos. Pero entonces Nicolás y su Provincial llegaron a la conclusión de que su vida había comenzado una nueva etapa, y que debería ir a Calcuta y vivir con los más pobres. Recuerdo que le pregunté qué pensaba hacer allí. Y me respondió que no le tocaba a él decirlo. Ya le dirían lo qué tendría que hacer.

 

La invitación puede llegar por medio de las personas más inesperadas. Nuestros hermanos en Vietnam sufrieron muchos años de persecución y encarcelamiento, y a menudo tuvieron que esconderse entre la gente. Uno de ellos, un hombre encantador llamado Francis, después de esconderse durante un tiempo, fue finalmente capturado por la policía y metido en la cárcel. Y dijo a quienes le capturaron: “Debemos estaros agradecidos. Porque nosotros los dominicos vivíamos juntos entre nosotros, pero ahora que habéis venido a buscarnos, nos habéis enviado en medio de la gente”.

 

El voto de obediencia nos convoca más allá de todas las identidades que una carrera pudiera darnos, e incluso más allá de todas las identidades que pudiéramos construirnos. Apunta hacia una identidad que está abierta a todos aquellos cuya vida no va a ninguna parte, que nunca han tenido una carrera, que nunca tuvieron un trabajo, ni aprobaron un examen o tuvieron un éxito. Nuestra renuncia a una carrera es un signo de que todas las vidas humanas se dirigen finalmente a alguna parte, aunque parezca que muchas de ellas van hacia un callejón sin salida, porque hay un Dios fiel que nos convoca a cada uno de nosotros a vivir.

 

Cada año la Comisión de Justicia y Paz de la Conferencia Irlandesa de Superiores Mayores elabora una crítica al presupuesto del gobierno, y los ministros tiemblan cuando la esperan. Pero un día, después de hacer un documento particularmente duro, el Primer Ministro, Charlie Haughty, lo rechazó, diciendo que era difícil tomar en serio las críticas hechas por un grupo de personas que se llamaban a sí mismos a la vez mayores y superiores. Ellos tomaron nota, y cambiaron su nombre por el de Conferencia de Religiosos. ¡Ojo, que no os estoy lanzando una indirecta!

 

Castidad

 

El voto de castidad es tan duro de sobrellevar tal vez porque toca muchos aspectos de nuestra identidad. Pienso que será tratado más ampliamente por otros conferenciantes, así que sólo diré unas palabras.

 

Para la mayoría de los seres humanos, el signo fundamental de su identidad es que hay otra persona para quien ellas son el centro; su marido, esposa o compañero. Nosotros no tenemos esto. A pesar de que yo pueda amar y ser amado por muchas personas, yo no puedo definirme a mí mismo por este tipo de relación. Es tal la pérdida, tal la privación que yo no creo que se pueda vivir provechosamente a no ser que nuestra vida esté profundamente alimentada por la oración.

Una de las cosas más penosas, al menos para mí, es que uno renuncia a la posibilidad de tener hijos. En algunas sociedades esto significa que uno nunca puede ser aceptado como un hombre. Recuerdo la desolación de un sacerdote recién ordenado que fue a celebrar misa a un convento de Edimburgo. Cuando al fin se abrió la puerta, la hermana lo miró y dijo: “Oh, es usted, padre; creí que era un hombre”.

 

Esto me recuerda también a un hermano americano, uno de cuyos nombres era María, de acuerdo con una piadosa costumbre irlandesa. Estaba protestando a voz en grito contra este mundo lleno de gente extraña y pervertido tiempo. Y un hermano apartó el periódico que estaba leyendo y dijo: “Vamos, a ver si piensas tú que eres tan normal. Te llamas María y llevas una falda”.

 

Uno deja padre, madre, hermano, hermana, toda la red de relaciones humanas que le dan a uno un nombre y un sitio en el mundo.

 

Visité Angola durante la guerra civil. Nunca olvidaré un encuentro con los postulantes de los hermanos y las hermanas de la capital, Luanda. Estaban separados de sus familias por las luchas que rodeaban la ciudad y se enfrentaban a un dilema moral. ¿Debían intentar cruzar la zona de guerra para encontrar a sus familias y apoyarles durante estos tiempos terribles, o debían permanecer en la Orden? Para los africanos, con un profundo sentido de familia y tribu, era una situación terrible. Y nunca olvidaré a la joven hermana que se levantó y dijo: “Dejad que los muertos entierren a los muertos; nosotros debemos quedarnos para predicar el Evangelio”.

Así, pues, nuestras vidas están marcadas por una gran ausencia, un vacío. Pero esto no tiene sentido a menos que se viva alegremente, como una parte de una historia de amor, que es el misterio profundo de toda vida humana. Incluso debe ser vivido apasionadamente, como signo de ese amor de Dios que llama a cada ser humano a la plenitud de vida. De otro modo es infructuoso y estéril.

 

Por tanto en nuestro voto de castidad debemos ser un signo de lo que es el destino de todo ser humano. Todos somos convocados por ese amor, incluso aquellos cuyas vidas parecen privadas de afecto, quienes no tienen cónyuge, ni familia, ni hijos, ni tribu, ni clan, los completamente solos.

 

 

Pobreza

 

Es evidente que el voto de pobreza apunta al corazón de lo que da a la gente una identidad en el mundo del mercado global. Es la renuncia del status que se alcanza con los ingresos, la habilidad de alguien que compra y vende. Nos invita a ser un auténtico antisigno en nuestra cultura del dinero. Desde luego que a menudo no lo somos. Mientras escribo estas palabras en lo alto de una colina sobre el Tíber en nuestro enorme priorato de Santa Sabina, puedo ver una pequeña chabola en el banco del río, donde una familia está viviendo y poniendo a secar su ropa. Si llueve y sube el nivel del río, su casa será arrastrada por la riada. Los miro, y me sonrojo al pensar cómo nos ven ellos a nosotros.

 

Recuerdo cómo una de nuestras provincias concluyó una semana de discusión sobre el voto de pobreza con un banquetazo en un restaurante caro. Uno de los hermanos dijo: “Bien, si la semana sobre la pobreza termina aquí, ¡dónde acabaremos todos nosotros el próximo año después de la semana de discusión sobre la castidad!”.

 

Pero durante mis viajes en todas partes he encontrado comunidades de religiosos y religiosas, de todas las congregaciones, que comparten sus vidas con los pobres, que son signos vivos de que ninguna vida humana está destinada a terminar en un asqueroso basurero, de que toda persona tiene la dignidad de hijo de Dios. Estas Navidades he celebrado la Misa de Gallo con uno de nuestros hermanos, Pedro, quien literalmente vive en las calles de París. Celebró la fiesta con un millar de vagabundos en una gran carpa, en un altar hecho con cajas de cartón, para simbolizar que Cristo nació esa noche para todos los que viven en cajas de cartón bajo los puentes de París. Cuando sacó el corcho de la botella de vino para el ofertorio, ¡estallaron los aplausos de la gente!

En cada uno de esos votos vemos cómo se deja atrás, abandonado, algún pilar de la identidad humana. Cedemos las cosas habituales que nos dicen quiénes somos, y que somos importantes, y que nuestras vidas tienen sentido. No es de extrañar que nos sintamos inseguros sobre nuestra identidad. Pero tal vez nuestra libertad no consiste ni siquiera en preocuparnos sobre quiénes somos. Deberíamos estar mucho más interesados en quién es Dios. Como Tomás Merton escribió en una ocasión: “Me has llamado aquí no para llevar una etiqueta por la cual yo pueda reconocerme a mí mismo dentro de alguna categoría de gente. Tú no quieres que yo piense sobre quién soy yo, sino sobre quién eres Tú. O, más bien, ni siquiera quieres que piense mucho sobre nada, para así poderme elevar Tú por encima del nivel del pensamiento. Y si yo estoy siempre intentando representarme qué soy, y dónde estoy, y por qué estoy, ¿cómo podrá realizarse esto?”.

En su autobiografía, La larga marcha hacia la Libertad, Nelson Mandela describe su gran orgullo y alegría cuando compró su primera casa en Johannesburgo. No era mucho, pero se había convertido en un hombre. Un hombre debe poseer tierras y engendrar hijos. Pero a causa de la lucha por su pueblo, él difícilmente vivía en esa casa o veía a su familia. Hizo una opción muy parecida a la de nuestros votos. Escribió: “Era ese deseo de la libertad de mi pueblo para poder vivir su propia vida con dignidad y respeto por sí mismo lo que animó mi vida, lo que transformó a un joven asustado en atrevido, lo que hizo que un abogado observante de la ley se convirtiera en un criminal, lo que transformó a un marido amante de su familia en un hombre sin hogar, lo que forzó a un vividor a vivir como un monje. Yo no soy más virtuoso o sacrificado que cualquier otro, pero me pareció que yo ni siquiera podría disfrutar de la pobre y limitada libertad que se me permitía mientras supiera que mi pueblo no era libre. La libertad es indivisible: las cadenas de uno solo de mi pueblo eran las cadenas de todos ellos, y las cadenas de mi pueblo eran mis propias cadenas”.

 

Mandela perdió su esposa, su familia, su libertad, su carrera, salud y status, a causa de su gran hambre de libertad para su pueblo. Su encarcelamiento era un signo de la dignidad escondida de su pueblo que un día saldría a la luz. Pocas comunidades religiosas serán tan duras como Robben Island, pero también nosotros dejamos atrás mucho de lo que podría darnos una identidad, como signo de la escondida dignidad de los que han muerto en Cristo. Porque, como escribe Pablo a los Colosenses, “Habéis muerto, y ahora vuestra vida está oculta con Cristo en Dios. Cuando aparezca Cristo, nuestra vida, entonces vosotros apareceréis juntamente con él en gloria” (Col 3, 3-4).

La mañana de Pascua, Pedro y el discípulo amado corren hacia el sepulcro vacío. Pedro ve solamente una pérdida, la ausencia de un cuerpo. El otro discípulo ve con los ojos de alguien que ama, y ve un vacío relleno con la presencia del Resucitado. También puede ser que nuestras vidas parezcan marcadas por ausencia y pérdida, pero quienes miran con ojos de amor pueden verlas rellenas con la presencia del Señor Resucitado.

 

No quisiera hacer una consideración exclusiva en favor de nuestras vocaciones de religiosos y religiosas. Todas las vocaciones humanas, de médicos, profesores, trabajadores sociales, etc., dicen algo acerca de la vocación humana, que consiste en responder a la llamada de Dios que nos invita al Reino. Lo que es específico de nuestra vocación es que muestra este destino universal mediante el abandono de otras identidades. La Exhortación Apostólica Vita Consecrata habla de nosotros como de “símbolos escatológicos”. Y seguramente esto es cierto. Además, me llama la atención. Sería hermoso que pudiéramos escribir en nuestro pasaporte, donde dice profesión, “símbolo escatológico”. Pero alguien puede argumentar que, más aún que nosotros, es el matrimonio el que constituye un símbolo escatológico. Es la consumación del amor, ese “sabbath” del espíritu humano, cuando dos personas permanecen en amor mutuo, lo que nos da un símbolo del reino que anhelamos. Quizás nosotros somos un signo del viaje, y las parejas casadas, del destino.

 

Una ecología para el florecimiento

 

He intentado dar una definición de la identidad de la vida religiosa. Se trata de una definición paradójica, porque nos define como aquellos que han renunciado a la identidad tal como la entiende nuestra sociedad. Pero no podemos detenernos ahí (¡muchos de nosotros quisiéramos hacerlo!). En nuestra sociedad, que es hostil a la simple idea de vocación, y que está echando por tierra el sentido de identidad y vocación de todo ser humano, una definición clara no es suficiente. Sería como intentar confortar a los tigres amenazados de extinción con una hermosa definición de la tigreidad.

 

En este desierto humano que es el mercado global, necesitamos construir un contexto en el que los religiosos puedan florecer realmente y ser invitaciones vivas a caminar en el camino del Señor. Lo que hace una orden o congregación particular es ofrecer un contexto concreto. En el mundo de hoy, estamos tentados de considerar las órdenes religiosas como multinacionales en competencia: ¿quiere gasolina jesuita de alto octanaje, o gasolina sin plomo franciscana? Pero la imagen que a mí me parece más adecuada es la de cada instituto como un miniecosistema que sustenta una forma de vida diferente. Para florecer como mariposa hace falta algo más que una hermosa definición, hace falta un contexto ecológico que permita pasar de huevo a gusano, y de crisálida a mariposa. Algunas mariposas necesitan ortigas, estanques y algunas plantas raras, de otro modo no pueden salir adelante. Para otras variedades de mariposas, la presencia de excrementos de oveja parece ser vital. Cada congregación religiosa se caracteriza por ofrecer un nicho ecológico diferente para cualquier modo particular de ser un ser humano. ¡De cualquier modo, me resistiré a la tentación de pensar cuántas formas de mariposas o de órdenes diferentes me vienen al pensamiento, de momento!

Una orden religiosa es como un entorno. Construir la vida religiosa es como hacer una reserva natural en una construcción antigua. Tienes que plantar algunas ortigas por aquí, cavar un estanque allá, y en ese plan. ¿Qué necesitan nuestros hermanos y hermanas para florecer en este viaje, cuando han dejado atrás carrera, riqueza, status y la seguridad de una pareja? ¿Qué necesitan mientras hacen esta dura peregrinación del noviciado a la tumba? Cada congregación tendrá sus propios requerimientos, sus propias necesidades ecológicas, su propia identidad. Y esto me lleva a una aparente paradoja: he definido la identidad de la vida religiosa como el abandono de la identidad, dejando atrás los puntales e indicadores que dicen a la gente quiénes somos. Y sin embargo nuestras órdenes y congregaciones nos ofrecen identidades. Cada uno tenemos nuestro estilo distintivo.

 

¡Por eso tenemos esos chistes horribles sobre jesuitas, franciscanos y dominicos cambiando lámparas eléctricas!

 

Recuerdo que cuando dije a un tío abuelo mío benedictino que quería ser dominico, me miró con dudas y me dijo: “¿Estás seguro de que es una buena idea? ¿No se supone que ellos son más bien listos?”. Y después de pensar un poco, dijo: “No, pensándolo bien, he conocido montones de dominicos estúpidos”.

 

Pero la paradoja sólo lo es en apariencia. Cada congregación ofrece una identidad, pero es una manera particular de caminar tras el Señor, una manera particular de autoolvido. Un carmelita será feliz de serlo no porque ello le da un status, sino porque es una manera particular de renunciar a él. Necesito deleitarme en mi orden, con sus piedras, sus santos, sus tradiciones, para así poder crecer en el valor de renunciar a todo lo que la sociedad considera importante. Me gusta la historia del Beato Reginaldo de Orleans, uno de los frailes más antiguos, quien dijo al morir que no había tenido mucho mérito siendo dominico, porque había disfrutado mucho con ello. Necesito historias como ésa para animarme a florecer como un fraile pobre, casto y obediente, para gozar de ello como libertad, y no como prisión. Necesito historias como ésa para liberarme de la preocupación por mí mismo.

 

Por eso siento una gran simpatía por los jóvenes religiosos que a menudo piden hoy signos claros de su identidad como miembros de una orden religiosa. La aventura de mi generación, que creció con un fuerte sentido de identidad católica e incluso dominicana, fue deshacerse de los símbolos que nos colocaban aparte de los demás, como el hábito; y sumergirnos en la modernidad, dejándonos probar por sus dudas y compartiendo sus preguntas.

 

Eso fue correcto y fructífero. Pero los jóvenes que vienen a nosotros hoy a menudo son los hijos de esa modernidad, y han sido perseguidos por sus preguntas desde la niñez. Ellos tienen otras necesidades, signos claros de ser miembros de una comunidad religiosa, que les sostenga en esta muy extraña manera de ser un ser humano.

 

Una última observación: necesitamos un entorno que nos sostenga en nuestro crecimiento personal. El hecho de que estemos llamados a dejar atrás esas cosas que nuestra sociedad considera como símbolos de status e identidad no significa que estemos dispensados de las dificultades de crecer para llegar a ser seres humanos maduros y responsables. Todos conocemos a hermanos que quieren ordenadores cada vez más caros mientras proclaman que el voto de pobreza les excusa de preocuparse por el dinero.

 

Lo que podemos ver con nuestros propios ojos es que renunciar a la familia, el poder, la riqueza y la autodeterminación no nos convierte en unos flojos. ¡Nadie dirá que Nelson Mandela tiene una personalidad débil! Pero este crecimiento hacia la madurez nos pedirá atravesar por momentos de crisis. ¿Nos sostendrán nuestras comunidades entonces? ¿Nos ayudarán a vivir esos momentos de muerte como momentos también para renacer? Una vez preguntaron a un monje anciano qué hacían en el monasterio, y respondió: “¡Oh, caemos y nos levantamos, caemos y nos levantamos, caemos y nos levantamos!”. Necesitamos un entorno en el que podamos caer y levantarnos, mientras avanzamos titubeantes hacia el Reino.

 

Conclusión

 

Permitidme concluir resumiendo en un minuto el viaje que hemos hecho durante esta conferencia.

La cuestión que se me planteó era ésta: ¿cuál es la identidad de la vida religiosa hoy? Respondo diciendo que debemos situarnos en el contexto de una sociedad en la que mucha gente sufre una crisis de identidad. El mercado global elimina todo tipo de vocación, lo mismo si eres médico que si eres sacerdote o conductor de autobús.

 

El valor de la vida religiosa consiste en que ofrece una vívida expresión del destino de todo ser humano. Pues cada ser humano descubre su identidad en la respuesta a la invitación de Dios a compartir la vida divina. Nosotros estamos llamados a ofrecer una particular y radical respuesta a esa vocación renunciando a cualquier otra identidad que pueda seducir nuestros corazones. Otras vocaciones, como el matrimonio, dan respuestas alternativas a ese destino humano.

 

Terminaba diciendo que no podemos conformarnos con una bonita definición. Necesitamos más que eso para seguir avanzando en nuestro viaje. Cada orden o congregación religiosa debe ofrecer el entorno necesario para sostenernos en el camino. Y, si no somos seducidos por la sociedad de consumo, si vamos a ofrecer islas de contracultura, entonces tendremos que trabajar mucho para construir ese entorno en el cual nuestros hermanos y hermanas puedan florecer.

 

Texto recogido por Fray Alberto Rodríguez, O.P. (21.08.1996)

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